A pesar del tiempo transcurrido y
a los cambios que puedan haberse originado, desde su partida, no ha pasado
ningún día sin su recuerdo, no ha pasado ningún día que no haya venido a mi
memoria, alguna imagen suya.
¿Quién no recuerda despertarse en
la noche, perdido y con una sensación de angustia y miedo que nos hacía
sentirnos ansioso?.-
¿Quién no recuerda nuestra
llamada llorosa y exigente, solicitando su defensa?. ¡Madre, Madre!.- Solo con
sentir su presencia, bastaba para calmarnos.
¿Habrá alguien que no recuerde
estos momentos?. ¿Habrá alguien que haya podido olvidar su fresca sonrisa, su
maternal caricia, su reconfortable beso, su amoroso abrazo?.
Hoy, que han pasado algunos años,
desde que te fuiste, me viene a mi memoria todos estos momentos vividos a tu
lado y he sentido en ellos, no solo tus besos y abrazos, sino también tu olor,
tu perfume, tu aroma, tu corazón de madre y sobre todo, tu cariño.
Hoy día se suele decir que los
abuelos no mueren nunca, sino que son “invisibles” para sus nietos, por sus
recuerdos y vivencias.- ¿Y qué podemos decir los hijos de los padres, que
desaparecen, que se van, que ya no están
con nosotros?.- Pues… que “no mueren”, porque mientras que los mantenemos en
nuestros recuerdos, viven junto a nosotros, hablamos con ellos, les contamos
nuestros asuntos, nuestras alegrías, nuestras tristezas, les pedimos ayuda, les
hablamos de nuestros proyectos y les lloramos con nuestras desgracias.
¡Benditos padres!.-