Eran poco más de las 9.30 de la mañana cuando oí como una llave
abría la puerta de la tienda de la calle Real, cuando me levanté sorprendido, de
la silla del pequeño despacho que teníamos en la trastienda, para ver quién era
el que aparecía por la puerta, -ya que, al ser domingo, la tienda se mantenía
cerrada-.
Fue mi padre sorprendido quien, al entrar y verme allí, me dijo: ¿y qué haces
aquí?, ¿no tenías que estar en casa preparándote?, a lo que le contesté que
prefería estar allí para ultimar algunas cosas que tenía pendiente.
Me comentó si tenía todo listo y que, en caso de tener algo
pendiente, se lo indicara ya que se pudiera solucionar, en los días siguientes,
en los que yo no estaría.
Seguimos hablando de algunos asuntos del negocio y a renglón
seguido me preguntó si teníamos todo resuelto para el viaje y cuál era el
itinerario del mismo.
Él desconocía nuestras intenciones de viajar a Canarias, ya que yo
en ningún momento le había dicho dónde iríamos, porque yo tampoco tenía muy
claro si podríamos viajar, puesto que nuestra única posibilidad de llegar a las
islas, era que percibiera del Ministerio de Educación y Ciencia, la asignación
que me correspondía por las Prácticas de Magisterio que me debían y que hasta
algunas fechas antes de la boda no me habían pagado. En ese momento le indiqué
cual iba a ser nuestro periplo, cómo íbamos a realizarlo y cuantos días
estaríamos en el mismo.
Después de explicarle detalladamente todo el itinerario, su
pregunta fue: ¿y como vas a pagar ese viaje y el resto de gastos que se
ocasionen? Le contesté que ya estaba todo pagado y de donde había salido el
dinero. Igualmente le comenté, que
una vez que hubiéramos comido, -después de la ceremonia religiosa de la boda-,
pasaríamos por el restaurante La Alhambra, que era donde los invitados de Pura,
celebrarían la boda y que aprovecharíamos para despedirnos de todos y
esperábamos que los invitados nos darían algún dinero y seguidamente de ello,
Justo Lázaro, el taxista, nos llevaría a Mérida, para tomar el tren que nos
trasladaría a Madrid. Le facilité el hotel de Madrid y en el que estaríamos en
Palma de Gran Canaria, durante los siete días que pasaríamos en la isla.
Después cambiamos impresiones de la boda y me preguntó si sabía lo
que iba a hacer, y me aconsejó que el matrimonio era para toda la vida, que en todo
momento estuviera al lado de mi mujer, que la amara y respetara y que siguiera
el ejemplo de aquellas parejas que siempre habían estado unidas y que el
respeto, la comprensión y la tolerancia prevalezca siempre en la relación de
pareja.
No pudimos aguantar más nuestras lágrimas cuando, en un momento de
sorpresa, me dijo: que pena que tu madre no esté con nosotros hoy, estaría muy
feliz y dichosa de verte subir al altar. Nuestros ojos se llenaron de lágrimas
y nuestras gargantas enmudecieron y un nudo duro y doloroso se apoderó de mi
faringe, que me impidió ningún comentario. Después de un momento de elocuente
silencio y secado de lágrimas nos abrazamos y abandonamos la tienda, mi padre
subió al coche y yo emprendí la marcha hacia la casa de Pura.