Valle del Jerte, octubre 2.022
Valle del Jerte, octubre 2.022
El día 21 del pasado mes de enero, día que salíamos de Madrid con destino a Londres, ese mismo día se cumplían Cuarenta y Cinco años de la muerte de mi madre. Me vino a la memoria, cuando sentado y relajado en el avión que nos conducía
Recuerdo que aquella noche, -porque era de
noche cuando murió-, estábamos en su alcoba, mi padre y yo. Yo no hacía mucho tiempo que había llegado a
casa de ver a mi novia y creo que aún no me había cambiado de ropa siquiera.
Llegué a casa y, sentada en la mesa de comedor, tan solo mi hermana Tony
estaba, sin recordar lo que hacía en ese momento. Tomás creo que ya estaba
acostado y mi padre estaba en su alcoba, en la que se encontraba mi madre
acostada, ya que esa tarde no la habían levantado, por encontrarla más decaída
que otros días.
Entré en la habitación y vi a mi padre
sentado en una butaca descalzadora, mirando a mi madre que emitía un ronquido
muy profundo y con estertor rápido, que anunciaba su final. Mi padre al notar
mi presencia, levantó el rostro, me miró fijamente y en su rostro pude adivinar
el presagio, que tan elocuente imagen me enviaba.
Estuvimos en esa actitud y durante no sé
por cuanto tiempo, los dos silenciosos, inertes, coartados, contemplándola y
esperando la reacción a tan sonoro ronquido. Y en un momento el estertor, -que
durante bastante tiempo había estado emitiendo su profundo sonido-, se detuvo,
ella se removió un poco, sin ni siquiera abrir los ojos ni ningún otro reflejo
más, esa respiración tan estridente, se fue apagando lentamente, hasta hacerse
un silencio elocuente.
Mi padre y yo, estábamos perplejos ante lo
que estábamos viendo y contemplando, sin poder hacer nada e impedir que ella se
fuera. Cuando pudimos reaccionar a lo que estaba ocurriendo nos dimos cuenta
que todo se estaba acabando, que su vida se terminaba y de que todo finalizaba con
ella y con su vida, que en ese mismo momento se había acabado para siempre, -que
se nos había marchado, que ya no estaba entre nosotros-, a pesar de que hacía
casi cuatro años, que su espíritu, su alegría y su forma de ser, nos habían
abandonado. Fue entonces cuando supimos y nos dimos cuenta, que ya no estaba
entre nosotros, que se había marchado y que nunca más volveríamos a tenerla
entre nosotros
Cuando por última vez me acerqué a su
lecho, a despedirme de ella, con un beso en su mejilla, pude comprobar cómo su
piel se había estirado, se había vuelto más tersa y su arrugado rostro se había
restablecido en un suave, sutil y delicado semblante.
Este día 21 pasado, como he tenido tiempo
suficiente para recordar estos hechos, que me han venido a la memoria, después
de muchos años, me he sentido feliz por revivir los mismos, pero al mismo
tiempo, molesto porque, a pesar del tiempo transcurrido, sigo recordando el
momento con pena, sobre todo por el poco tiempo que estuvo con nosotros y sobre
todo por la falta que nos hacía a todos, especialmente a mi hermana Tony que
tenía escasamente Dieciséis años.
Lo cierto es, que a pesar de todo lo
sucedido fue ella la que más perdió por su pronta muerte, por una muerte tan
inesperada por su prontitud cronológica, ya que su edad era de cincuenta y
siete años y de lo poco que pudo disfrutar de su condición de abuela, cuyo
título hacia poco tiempo que lo había conseguido, ya que mi sobrino Paulino apenas
tenía un año.
I En horas largas de arduo sacrificio, dejaste sueños por un noble afán, renunciando al descanso y al diván de momentos con famili...