miércoles, 29 de junio de 2016

Manjar de Dioses


Que desafortunadas deben ser, todas aquellas personas que no han tenido la suerte y el honor de poder hacer o por lo menos, contemplar un buen “puchero”.-

¿Quién no ha sido testigo de cómo se prepara unos buenos garbanzos?, ¿Quién no ha visto a su madre, a su esposa o algún otro familiar, preparar un buen potaje de garbanzos?.- Quien no haya visto esto, no sabe lo que se ha perdido.- Y no digamos cuando, una vez terminada la cocción, y se retira de la olla o marmita el contenido del mismo, no ha contemplado ese espectáculo.-


Al abrir la olla, se observan unas patatas amarillentas y tiernas, junto a unas zanahorias reventonas que le dan el toque de color al puchero, seguida de una col que se deshace con solo mirarla y a la que acompañan un ejército de garbanzos brillantes, grandes, lechosos, algunos fuera de su estuche de piel protectora, donde guardan el sabor de tan delicioso manjar.-

A renglón seguido, y una vez evacuados de su reino los ingredientes citados, observamos los grandes trozos de ternera, con su brillante jugo y su estructura corporal del morcillo vacuno, al lado de unos hermosos muslos y contra muslos de pollo, que con su capa protectora de piel, dan a dicha danza la ilusión de grandeza.- Y no digamos del tocino, que con su gelatina nacarada, y su iluminado brillo, da la sensación de equilibrio, por su temblé e inquietud.-

Todo este ritual para proceder a la extracción del exquisito y graso caldo, con el que se resucita a los muertos, y que a los vivos nos da fuerza para seguir disfrutando de esta placentera vida; para continuar con la incorporación de la morcilla, negra, -como el túnel del tiempo-, que al quebrarla asoma sus entrañas oscuras a través de su piel.- Y el todopoderoso chorizo, el escandaloso, el que todo lo pinta de rojo y el que transforma el espectáculo en una puesta de sol en el desierto.

Incorporado todo ello a nuestro plato, no tenemos más remedio que alegrarnos de tener la enorme suerte de poder disfrutar de tan delicioso manjar, degustarlo con satisfacción y acompañarlo de un excelente vino, siempre español.- ¡Buen provecho!.-

martes, 14 de junio de 2016

El Pardalót

En nuestro último viaje a Valencia, en una de las excursiones que logramos hacer para visitar la ciudad, nos llevaron, -entre otras visitas-, al Mercado Central.-

Cuando llegamos a la Plaça del Mercat y justamente frente al edificio de la antigua Caja del Mediterráneo, sorprendido por el exceso de gentes  y el bullicio de vendedores y compradores en los innumerables puestos de ventas, así como en los bares y establecimientos  colindantes en los aledaños del Mercado Central,  me vino a la mente en dicho instante, -ante las imágenes que veía-, la triste historia que algunos autores valencianos quedaron en sus relatos, para la posteridad, sobre la leyenda urbana que dicho mercado tenía.-

La leyenda decía que durante los fríos meses de invierno, llegaban a la ciudad, procedente de las áridas y frías montañas de Teruel padres e hijos, -como corderillos asustados-, que visitaban dicha plaza para proceder a la intención que  dicho viaje les llevaba hasta allí.-

El podre muchacho, arrancado de su monótona actividad de cuidar animales en el monte y ataviado con sus tradicionales trajes de panas deslustrados, rodilleras y piezas descoloridas, en costuras torcidas y deshiladas y el pañuelo anudado a las sienes como una estrecha cinta, era allí conducido a “ hacer suerte “, o por lo menos, con la intención de librar a la familia de una insaciable boca, nunca harta de patatas, legumbres y todo lo producido en sus míseras tierras.-

Llegaban allí, conducidos por sus falsas creencias de que en la ciudad, corría el dinero libremente por las calles, y con sus míseras vidas en sus casas, la abundancia de hijos a los que tener que alimentar, y la cándida creencia de que en las grandes ciudades estaba la fortuna. Llegaban hasta allí, miedosos, encogidos, vergonzosos y como si pidieran limosnas,  a ofrecer a su “chiquet” como siervo o criado, al servicio del comercio, y sobre todo al servicio de la casa del dueño del establecimiento.-

Cuando tenían la suerte de ser aceptado por algún comerciante que lo acogían, para todos los quehaceres de la casa y negocio, el autor de sus días, después de derramar algunas lágrimas de despedida, se volvía a su casa, contento y dichoso, por la liberación del problema que tenia y con la esperanza de que en no mucho tiempo, recibirían en la familia, carta del hijo, que a partir de ese momento, dejaban de tener.-

Si por el contrario, la suerte no era propicia, y después de recorrer todas las tiendas y negocios de la zona no encontraban ninguna que lo aceptase, entonces se producía lo que la inhumana leyenda urbana predicaba.-

 Vagaban padre e hijo, por las inmediaciones  del Mercado Central, tristes, abatidos,  estrujados por los empujones y aprieto de los insensibles compradores y venteros, que al contemplarlos, los alejaban de sus negocios, imaginando personas deshonestas.-  Y atraídos por una misteriosa fuerza, daban con sus huesos en los escalones de la  Lonja de la Seda, frente a la fachada de la Parroquia de los Santos Juanes, a contemplar la Torre del reloj, flanqueada por dos Santos Juanes y sobre todo a observar la veleta que corona dicha torre y conocida como la veleta del Pájaro de San Juan o Pardalót.-

Cuando el inocente retoño, incitado por su padre en la contemplación del pájaro, que se meneaba  a causa del viento, y entusiasmado por lo que veía, nunca visto para él, aturdido por el ruido y voces del lugar, no se percataba de que su ancestro, ayudado por la bulla y el ruido, se escurría entre la multitud, abandonando a su vástago en espera de tiempos mejores y con la esperanza de haber puesto a su hijo en el camino de la fortuna.-


El chiquillo, cuando se daba cuenta de la desaparición de su progenitor, llorando y berreando, en busca del padre, corriendo entre las gentes, era observado por los comerciantes de la zona y adivinando lo ocurrido decían: ¡A otro que han engañado!.- Y, por fortuna, nunca faltaba algún generoso y bonachón comerciante,  que acordándose de sus orígenes y tal vez, recordando esta misma escena y situación, acogía al muchacho, bajo su protección,  en su negocio y casa, aunque no estuviera necesitado de sirviente.- 

miércoles, 8 de junio de 2016

Oficios


Desde que en nuestra nación se optó por implantar el Estado del Bienestar,  hay y hubo muchos trabajos  artesanales y profesiones que desaparecieron: el hojalatero, el afilador y el trapero o chatarrero , son algunos de ellos de los que ya no hemos vuelto a ver, por nuestras calles. Recuerdo que  hace algunos años se  comentaba, como anécdota o leyenda urbana o  -quien sabe-, si como cierto, que habia una familia a los que apodaban los "Gatinos", y que en una ocasión ante la presencia del trapero o chatarrero que pasaba por la calle, -donde esta familia vivía -,  ofreciendo la recogida o compra de aquellos objetos o chatarra,  propio de su actividad.


Un miembro de dicha familia se dirigió  al chatarrero, que era natural del vecino pueblo de Fuente del Maestre,  con el objeto de ofrecerle  chatarra de que disponía y pretendía que le pagase a un precio, muy superior al que el chatarrero pretendía.

Éste viendo que no podía cubrir la oferta que le hacía, y ante la insistencia del cliente, que tampoco bajaba el precio para que le comprara su producto,  el chatarrero, viendo que era imposible poder llevar a cabo la operación, se dirije al cliente y le dice: " ...-y dicen que tu eres un Gatino-..., -tu lo que eres un Sorro-". (recuerden que los habitantes de Fuente del Maestre, usan mucho el "seseo", pronunciando las palabras que empiezan con C o con Z, con "S".). El cliente que pretendía engañar  al chatarrero, salió un poco perjudicado del lance.

viernes, 3 de junio de 2016

La Callejita de las Lanchas


  “ Romance Extremeño “

Eso qu’era yo mu chiquerrinino,                                           

pero… pero entavía m’acuerdo                                             

de cuand’iba a la escuela de los Padres                                

con mi primo Juanito-José y con Frasco Pedro,                  

po la Callejita las Lanchas,

pisando un gorpe en blanco y otro en negro.                     

                                                                                                      

¡Que de rempujones nos pegábamos!                                 

¡Que de libros roaban por los suelos!                                   

¡Que de hojas volando por los aires                                       

p’acá y p’allá, sin orden ni concierto,                                    

com’un bullicio de palomas blancas                                      

espantás andispués d’un duro sueño!                                  



Y, aluego, al preguntanos la lertura                                        

el Hermanos José, muestro maestro,                                    

chapurreaba cuatro latinajos,                                                  

queándose mu serio,                                                                 

porque nos espetábamos d’un sarto                                     

dende Abraham a Guzmán el Bueno.                                     



Eso que nosotros no teníamos la curpa…                             

que la curpa era der viento,                                                     

po agarrao a los pelos der cogote

nos explicoteaba er firmamento

mucho mejó que si estuviera un año

dale que dale siempre con lo mesmo.



¡A ve, como que se veían más estrellas

que una noche d’agosto por los cielos!



Chacho, se recorgaba d’una oreja

con dambas manos, y con tó su genio

liábase a tirá como si juera

ellas las campanas y él el campanero                                                                      

llamando a los vecinos mas de priesa

pa que apagaran en la escuela un fuego







¡Las estiraba cuasi media vara!

¡Parecían las mesmas d’aquel negro

que traía retratao la Ciclopedia

con unos labios como dos pimientos!   



Y cuando estábamos ya jarto d’escuela

pos teníamos su cachino de recreo,

consistente en gateá por las colunas 

hasta arcanzá con una mano er techo,

o en jugá a entera, al marro o al candaje,

o en aparpá una lechugas por el güerto,

sin que nos viera denguno de los curas

que andaban escondíos por allí adrento.



Y a las doce tó er mundo pa su casa

como el que no ha roto un plato. Y tós diciendo

que el Hermanos José era mu dañino

por cogenos por los pelos der pescuezo

y estirarnos una miajina las orejas,

po anda que nosotros… ¡nosotros éramos güenos!



¡Eso qu’era yo mu chiquerrinino,

pero… pero entavía m’arcuerdo!





Antonio Chacón

El futuro soñado

  I En horas largas de arduo sacrificio, dejaste sueños por un noble afán, renunciando al descanso y al diván de momentos con famili...