Es difícil de imaginar que
también en el siglo III (d.C.) se disputaran dos jerarcas de la iglesia, dos
altos cargos de la misma, sus propios
argumentos sobre el bautismo que se les administraba a los herejes.- Uno, San
Esteban, entonces Obispo de Roma y el otro, San Cipriano, Obispo de Cartago.-
Este
segundo, opinaba que aquellos herejes, que volvían de nuevo al redil de la
Santa Madre Iglesia, tenían que ser bautizado de nuevo, -por aquello de haber
renegado de la Iglesia y haberla abandonado-. San Esteban, por el contrario, opinaba, que
como ya habían sido bautizados, en su primera llegada a la Iglesia, ya no
tenían que cumplir tal requisito.-
La
disputa fue tan encarnizada, que el Papa, San esteban, amenazó de romper la
comunión con la Iglesia de Asia Menor y la Santa Sede, sino se seguía su
criterio.- San Cipriano indicaba al Obispo de Roma, que ningún Obispo puede
erigirse sobre otros Obispos ni tratar de imponer una orden o forzar a una
obediencia, por su condición de Obispo.-
El Papa, San Esteban, no tuvo más remedio que invocar la cita de ( San Mateo
16,18), en la que Jesús, viniendo de la región de Cesárea de Filipo, preguntó a
sus discípulos:
Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?.-
A lo que Simón Pedro respondió: Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios
viviente.- Entonces Jesús de respondió: Bienaventurado eres Pedro, hijo
de Jonás, porque no te lo reveló carne ni sangre, sino mi Padre que está en los
cielos.- Y yo también te digo, que tú eres Pedro, y sobre esta roca edificaré
mi iglesia, y las puerta del Hades no prevalecerán contra ella. Y a ti te daré
las llaves del reino de los cielos, y todo lo que atares en la tierra será
atado en los cielos, y todo lo que desatares en la tierra será desatado en los
cielos.-
Esa
fue la formula que pudo esgrimir el Papa, para indicarles a todos los Obispos,
que él es la cabeza de la Iglesia de Dios en la tierra y que su opinión, es
“palabra de Dios”.-

