En nuestro último viaje a
Valencia, en una de las excursiones que logramos hacer para visitar la ciudad,
nos llevaron, -entre otras visitas-, al Mercado Central.-
Cuando llegamos a la Plaça del
Mercat y justamente frente al edificio de la antigua Caja del Mediterráneo,
sorprendido por el exceso de gentes y el
bullicio de vendedores y compradores en los innumerables puestos de ventas, así
como en los bares y establecimientos
colindantes en los aledaños del Mercado Central, me vino a la mente en dicho instante, -ante
las imágenes que veía-, la triste historia que algunos autores valencianos
quedaron en sus relatos, para la posteridad, sobre la leyenda urbana que dicho
mercado tenía.-
La leyenda decía que durante los
fríos meses de invierno, llegaban a la ciudad, procedente de las áridas y frías
montañas de Teruel padres e hijos, -como corderillos asustados-, que visitaban
dicha plaza para proceder a la intención que
dicho viaje les llevaba hasta allí.-
El podre muchacho, arrancado de
su monótona actividad de cuidar animales en el monte y ataviado con sus
tradicionales trajes de panas deslustrados, rodilleras y piezas descoloridas,
en costuras torcidas y deshiladas y el pañuelo anudado a las sienes como una
estrecha cinta, era allí conducido a “ hacer
suerte “, o por lo menos, con la intención de librar a la familia de una
insaciable boca, nunca harta de patatas, legumbres y todo lo producido en sus
míseras tierras.-
Llegaban allí, conducidos por sus
falsas creencias de que en la ciudad, corría el dinero libremente por las
calles, y con sus míseras vidas en sus casas, la abundancia de hijos a los que
tener que alimentar, y la cándida creencia de que en las grandes ciudades
estaba la fortuna. Llegaban hasta allí, miedosos, encogidos, vergonzosos y como
si pidieran limosnas, a ofrecer a su
“chiquet” como siervo o criado, al servicio del comercio, y sobre todo al
servicio de la casa del dueño del establecimiento.-
Si por el contrario, la suerte no
era propicia, y después de recorrer todas las tiendas y negocios de la zona no
encontraban ninguna que lo aceptase, entonces se producía lo que la inhumana
leyenda urbana predicaba.-
Vagaban padre e hijo, por las inmediaciones del Mercado Central, tristes, abatidos, estrujados por los empujones y aprieto de los
insensibles compradores y venteros, que al contemplarlos, los alejaban de sus
negocios, imaginando personas deshonestas.- Y atraídos por una misteriosa fuerza, daban
con sus huesos en los escalones de la Lonja de la Seda, frente a la fachada de la
Parroquia de los Santos Juanes, a contemplar la Torre del reloj, flanqueada por
dos Santos Juanes y sobre todo a observar la veleta que corona dicha torre y
conocida como la veleta del Pájaro de San Juan o Pardalót.-
Cuando el inocente retoño,
incitado por su padre en la contemplación del pájaro, que se meneaba a causa del viento, y entusiasmado por lo que
veía, nunca visto para él, aturdido por el ruido y voces del lugar, no se
percataba de que su ancestro, ayudado por la bulla y el ruido, se escurría
entre la multitud, abandonando a su vástago en espera de tiempos mejores y con
la esperanza de haber puesto a su hijo en el camino de la fortuna.-
El chiquillo, cuando se daba
cuenta de la desaparición de su progenitor, llorando y berreando, en busca del
padre, corriendo entre las gentes, era observado por los comerciantes de la zona
y adivinando lo ocurrido decían: ¡A otro que han engañado!.- Y, por fortuna,
nunca faltaba algún generoso y bonachón comerciante, que acordándose de sus orígenes y tal vez,
recordando esta misma escena y situación, acogía al muchacho, bajo su
protección, en su negocio y casa, aunque
no estuviera necesitado de sirviente.-

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