Llegó el día. Como cada año el
día 8 de diciembre, día de la Purísima Concepción de la Virgen, era el día, que
celebrábamos la matanza en casa. Esta se
estuvo realizando, a lo largo de más de veinte años, siempre el mismo día, siempre
ejecutándola las mismas personas: siempre el mismo matarife y siempre la misma
matancera y por supuesto, todos los demás miembros de la familia.-
El reloj sonaba a las cinco de la
madrugada. Mi madre ya estaba en pie, cuando mis hermanos y yo nos levantábamos
y una vez vestidos y aseados nos dirigíamos a la cocina, donde ya estaban
desayunando la tata y mi madre, junto con mis tíos, que ya habían llegado para
ayudar en el evento.
El desayuno, como ya es tradición
en nuestra tierra, consistía en un tazón grande de café con leche y por supuesto dulces caseros que
previamente a la fecha de la matanza, se habían elaborado y cocido en horno de
tahona, realizándose distintos tipos de elaboraciones como: Bollas,
Perrunillas, Magdalenas, Mantecados, Sultanas, etc., los que acompañaban al
café con leche, así como a alguna que otra copa de anís o coñac, (solo para mayores) con las que se mataba el gusanillo del
madrugón que se habían pegado para tal ocasión.-
Una vez tomado el desayuno, al
que también se sumaban los técnicos especialistas del día, -matarife y
matancera-, íbamos en busca del
protagonista, del evento, el marrano.
Este se encontraba en un pajar, propiedad de un vecino de nuestra calle, que
cada año se ofrecía para que el mismo
pasara allí, en capilla, su última morada.
Ya el cerdo en la puerta de casa,
ésta se abría de par en par, con el objeto de que la luz del pasillo de la
casa, sirviera de iluminación a tan lúgubre operación, ya que ésta se realizaba
en la calle y en estas fechas, a esa hora aún no había amanecido y el
alumbrado público de aquella de época, era muy deficitario.-
Con la fuerza de mis fornidos
tíos y por supuesto con la cooperación del matarife, se subía el verraco a la mesa de operaciones,
en la cual éste procedía a su intervención dando al pobre marrano, en su papada
izquierda y buscando siempre una vena sanguínea abundante, una puñalada certera
que dejaba al sacrificado, muerto en un pis-pas. Mientras tanto la señora matancera
recogía en un gran baño, la sangre del ejecutado, la cual se movía para que no
se produjera su coagulación.
Una vez el cerdo muerto, se
procedía a retirar del mismo, antes de su chamuscado y rasgado de su cerda
epitelial, los pabellones auditivos ( orejas ), el rabo o continuación de su
espina dorsal, así como sus manos
delanteras y pezuñas traseras, la cuales inmediatamente se escaldaban en agua
cociendo, para retirar de la misma las cerdas o pelos del animal.
Cuando terminaba la operación de
chamuscado, el cerdo se llevaba al interior de la vivienda, es decir, a el patio de la misma y a continuación se
producía la disección de sus miembros, la retirada de sus vísceras, y aparato
digestivo, el cual, una vez separado de la estructura corporal del cerdo,
corría de cuenta de la señora matancera, que era la encargada de proceder a la
desagradable limpieza de todas las tripas e intestino del finado, para su
aprovechamiento en el embutido de los productos derivados de dicho sacrificio.
La carne se clasificaba y molía,
operación que llevaba a efecto el matarife y su ayudante, que eran los
encargados de aportar al sacrificio, la herramienta necesaria (máquina picadora de
carne) para dicho fin. Con dicha operación el matarife terminaba su labor, no
sin antes haber seleccionado aquellas
vísceras o muestras del cerdo, que se recogían para su posterior inspección,
por parte de la autoridad municipal competente, que velaba por la buena salud
del cerdo sacrificado.- Después de esta operación, comenzaba la más delicada y
responsable, el aliñado, guisado y aderezo de los productos a elaborar:
Salchichón, Chorizo y Morcilla, amén de:
Lomos, Morcones, Costillas, Caldillo, Mantecas, etc., todos ellos productos que
se extraían de dicha ejecución.-
Realizada ya estas operaciones y
después del aliñado de las carnes y su amasado, el cual siempre lo realizaban
mis tíos, por su fortaleza muscular, procedíamos a tomarnos un pequeño descanso, mientras las carnes
reposaban un rato, antes de proceder a su embutido. En este descanso se asaban
algunos trozos de carne del cerdo
sacrificado, que junto con una buena cerveza o un buen vaso de vino, te
aportaba la energía necesaria para continuar con el trabajo a realizar.
Preparados ya los artilugios y
utillajes para la elaboración del embutido, se procedía primero con el
Salchichón, seguido de la Morcilla y por último del Chorizo.- Esta operación consistía en aportar a la máquina
de embutir la masa de Salchichón necesaria para su introducción o embutido en
la tripa, para su curado y posterior consumo.- Estas tripas podrían ser, bien
de las mismas recogidas del cerdo sacrificado y que formaban parte de su
aparato digestivo, o bien tripas de vacas, procedentes éstas de la India, que
normalmente se comercializan en tiendas especializadas para tal fin.- Estas
últimas vienen envueltas en mazos de aproximadamente cinco o seis metros de
longitud, siendo tan solo necesario para su uso, el que estén previamente
mojadas en agua tibia, antes de ser introducidas en la canícula de llenado de
la máquina de embutir.- Para esta operación, totalmente manual, es necesario la
colaboración de personas que sepan atar debidamente los embutidos llenados, ya
que de esta operación consiste el que el esfuerzo realizado sea fructífero y el
embutido alcance su máxima calidad.-
Después de esta operación, la más
importante de toda la Matanza, se desarrolla el embutido de los Lomos, Ciegos,
y Salchichones de mayores dimensiones, así como la preparación de las
Costillas, Caldillo, Mantecas, ensalados de huesos, pisados de los tocinos,
etc.
Ya al final de la tarde, cuando
todas estas operaciones se habían realizados, y quedando ya en la casa
estrictamente los familiares e invitados se servía la cena, en la que además de
otras viandas, se degustaban algunos de los productos elaborados de dicho sacrificio.,
y después de la cena, y como eran fechas próximas a la Navidad, los niños y
mayores cantábamos los villancicos y canciones navideñas, entorno al fuego.-
A pesar de que la matanza se
realizaba con el objeto de poder tener algunos alimentos a mano, -en aquellas
fechas que éstos estaban tan escasos-, y para las familias esta tradición, no
solo era signo de reserva, despensa, conservación, sino también signo de
abundancia y prosperidad.- Los niños que éramos entonces, no veíamos esta
tradición como tal, sino para nosotros era un día de fiesta, un día de
convivencia con los primos, los amigos, los tíos y demás familiares invitados
al festín y al mismo tiempo, también nos convertíamos en cierta manera en colaboradores,
ya que para algunos quehaceres se nos requería, ayudando en aquellas labores
propia de la matanza, o en otras aptas para las edades que teníamos, pero ante
todo, para los niños, era un día de fiesta.-





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