Caía la tarde, el sol
se había ido retirando y sus rayos, aunque modestos en estas fechas, se iban
remplazando por un aire frio y cortante, que helaba las entrañas.- El cielo se
había vuelto gris y la niebla comenzaba a tender su manto sobre la ciudad.
Las fechas que se
acercaban marcaban las imágenes que vestían las calles. Los escaparates de las
tiendas y las grandes superficies, así como el alumbrado público instalado,
para tal fin, daban a entender las
fechas navideñas. Todo el mundo se preparaba para tan importantes días y eso se
observaba en la multitud que invadían las calles y la frenética actividad que
las tiendas observaban.
Todos realizaban sus
compras, adquirían los regalos para los suyos, pensaban en todos los
compromisos a realizar y adquirían los más idóneos.
En esas calles, -de las
grandes ciudades-, llenas de gentes, nadie observa a los demás, nadie está pendiente
de otras personas, de sus inquietudes,
de sus deseos, de sus problemas y de sus circunstancias y por ello, nadie se
preocupa de aquella esquina, en la que en actitud postulante, sentados en el
suelo, muertos de frio y con la cara sucia y demacrada por el hambre y el
abandono, el pelo revuelto, casi descalzos y en harapos, unas pequeñas
criaturas, ajenas a todo lo que pasa en la calle, pendiente solo de recibir
algunas monedas, con las que poder acudir a casa.-
Acordémonos en estas
fechas, -tan felices para muchos-, de estos niños, de estas personas que no
tienen nada, que estas fechas no les dicen nada, que sus problemas subsisten,
que sus necesidades no se cubren y que su futuro es muy incierto. En estas
fechas hay que ayudar, hay que contribuir y favorecer a los demás y sobre todo
pensar que también ellos tienen derecho y que también para ellos existe la
Navidad. ¡¡Ayudar a estas gentes es ayudarnos a nosotros!!.

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