Hacía escasos años que había
terminado la guerra.- Las ciudades y pueblos habían sufrido los avatares de la
contienda, la escasez de trabajos y
alimentos se había visto aumentada por unas sequías que habían convertido los
campos yermos en auténticos desiertos.- Las dificultades de subsistencia de las
familias eran ímprobas y los jóvenes, sin trabajo, no podían aguantar más tiempo sin darle una
solución a sus futuros.-
Antonio y Ana, que se habían
conocido y enamorado, no eran ajenos al
problema y en sus espíritus prevalecía la idea de la emigración.- Antonio
estaba decidido, pero Ana no podía siquiera pensarlo y decirlo en casa, ya que
sus padres se apondrían a tal solución y sobre todo a desplazarse a otro país,
en busca de trabajo y menos, sola.-
Antonio, sabia por sus amigos y
conocidos, que en Bélgica necesitaban mano de obra para trabajar en las minas
de carbón y que los contratos de trabajos y salarios eran muy elevados.- Y sin
pensárselo dos veces, se apuntó en una expedición de jornaleros con destino a
dicho país.-
La noche antes de su viaje, en su
despedida, Antonio le juró que volvería
y Ana, con su rostro empapado por el llanto, le juro que esperaría.- Y así se
despidieron entre promesas y proyectos, bañados por el llanto y con la
esperanza de la vuelta.-
Cientos de lunas pasaron y a pesar
de las cartas que iban y venían de Bélgica a España y viceversa, Ana leía entre
líneas el poco interés que Antonio ponía en las mismas y como se iban disipando, con el tiempo, los anhelos de
proyectos y la esperanza de la vuelta.- Pero ella seguía pensando en su amor, y
cada tarde acudía a la parada del autobús, esperando su regreso.-
Antonio no solo había cambiado de
oficio en varias ocasiones, sino también de ciudades y domicilios y las cartas
que desde España se enviaban, volvían a su remitente devueltas.- El tiempo se
iba escurriendo, cada día y así las cosas, Ana continuaba acudiendo a la parada
del autobús, esperando la llegada de su amado.- Ella estaba sola, sola en el
olvido.-
Sus cabellos se blanquearon y a
pesar de su soledad y olvido, acudía cada día a su cita. Su salud empezó a
quebrarse y por el tiempo transcurrido, sus males fueron aumentando y pasado
éste, se vio ingresada en un hospital, esperando la muerte.-
En sus pensamientos y
meditaciones se reprochaba no haber hecho lo suficiente para buscarlo y
encontrarlo.- Se imaginaba como sería ahora, como habría cambiado, que vida
tendría, si tendría familia o estaba soltero, y se preguntaba si viviría o ya no estaría
entre nosotros.-
De esa guisa, entre cábalas y
meditaciones, no hacía caso de los consejos y orientaciones de los médicos y su
salud cada día se veía más minada.-
Una noche, de madrugada, se
despierta a las voces de uno de los enfermos, llamando a voz en grito, a Ana y
a pesar de los esfuerzos de su acompañante, no conseguía calmarlo.- Ella sobresaltada, no puede reconciliar el
sueño y a la mañana siguiente, -cuando las enfermeras la visitan para
interesarse por ella-, ésta le comenta lo sucedido la noche anterior,
informándoles éstas, que se trata de un hombre, con Alzheimer, que ha tenido
una caída con rotura de cadera y que fue
hospitalizado a última hora del día anterior y que, en su delirio, constantemente llama a una tal Ana, siendo
para los familiares, una persona totalmente desconocida.
La inquietud y zozobra, se la
comen.- Su imaginación vuela durante todo el día, vive momentos imaginarios. Quiere convencerse de
que no es posible lo que su imaginación le indica, pero tampoco quiere
desterrar la idea.- La noche la pasa, igual que el día, llena de zozobra,
inquietud, recuerdos ya efímeros, momento no vividos, que hacen que se plantee
su estrategia para el siguiente día.-
Aprovechó que a muchos enfermos
los estaban atendiendo las enfermeras y eran visitados por los médicos, cuando
se acercó a una puerta de una de las habitaciones.- El joven que atendía al
enfermo, al verla en la puerta, la invitó a entrar y dándole la espalda le rogó
le disculpara, pero no podía volverse,
porque estaba dándole el desayuno a su padre. Le rogó lo perdonara, ya que
había enviudado recientemente y debido a su enfermedad, no recordaba nada de su
pasada vida y continuamente llamaba a una tal Ana. Ella lo escuchaba, lo miraba
con asombro, y tan nerviosa que no podía parar de dar vuelta a su pañuelo, que
en la mano portaba, pero sin descubrir
totalmente su cara, ya que ésta estaba tapada por su hijo.- En un momento que
el muchacho pudo mirarla, ésta quedó totalmente asombrada y solo decía: ¡No es
posible!, ¡No es posible!.- ¡Ha vuelto!,
¡Ha vuelto!. Ella vio en la cara del hijo la autentica réplica, el
asombroso parecido de Antonio, su amor, tal como ella lo recordaba.-
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